Como tenemos el estómago hecho a todo, a base de las píldoras que esto de
la globalización nos mete día a día, da la impresión que ya casi nada nos
sorprende más de diez minutos después de primer impacto. Pasado ese tiempo pasa
a formar parte de nuestro repertorio conversacional en ascensores, comidas,
cafés, etc.
- Vaya catástrofe la de
Haití
- Vaya……. Muchos muertos
–responde el repollo apoyado junto a la botonera del ascensor-
- Como el tsunami de Tailandia
(suma muertos el acompañante-pimpollo-repeinao).
- Pues las inundaciones
de Centroamérica ….. que ha enterrado gente viva bajo el fango –concluye-.
- No somos na – sería la
guinda lacónica que añadiría mi madre, si interviniera en la conversación de la susodicha caja elevadora.
El homo floresiensis
del S.XXI que mora en el parte desarrollada de este globo terráqueo, antaño azul
ahora grisáceo, está acostumbrado a que en la parte marrón del mismo, le
sorprenda mañana si, mañana no, con catástrofes que la madre naturaleza produce
cuando se cabrea, pues en cuestiones maternales es muy sabia y sabrá el porqué
–nos decimos todos en nuestro fuero interno-.
Para el resto de noticias, del tipo social, pues que quieren que les diga,
sabemos todos como van a terminar: como el rosario de la Aurora. Una vez más
las masas se desfogan: unos pocos muertos – héroes que toda revuelta necesita- otros pocos heridos y cada uno a su casa. Todo
queda en su lugar: el Dictador dictando y forrándose, y el resto al curro y a
pagar.
Para nosotros –los de la sociedad del bienestar ó “dabuten”- son
como pequeños acontecimientos que animan las conversaciones de ascensor, y con
los “cuñaos” en comidas familiares; nos permiten además, asentarnos en
nuestra condición de humanos mediante la solidaridad. Que si el chinito “güevudo”
que se plantó frente a los tanques, que si el disidente que lleva cuarenta años
en la “trena”, que si la “chamaca” que se calzó el uniforme
policial para pararle los pies a la mafia…Nuestro calentito y cómodo sofá nos
proporciona una perspectiva muy global: ellos allí, los pobres! y nosotros aquí,
que ya tenemos bastante con los sustos que nos da el euribor.
La palabra Revolución, por ejemplo, para la dos últimas
generaciones, sólo es el título del disco de los Beatels y el capítulo 20 del
libro de historia de la EGB. Sin embargo, puede ser eso lo que se está cociendo
en el Magreb y se va extendiendo por Oriente Medio. Ningún político se atreve a
pronosticar, ni tan siquiera a dar su opinión, pues puede pasar cualquier cosa,
y esa falta de estupideces públicas que estos tipos suelen mentar en estos
casos, es lo que me asusta. Para esos países árabes salidos de un mal parto
colonial, conseguir una auténtica democracia equivaldría a una genuina revolución
social que incluso les permitiría salir de su endógena miseria. El reparto de
la riqueza equivaldría a un aumento del consumo y por tanto del nacimiento de
una industria propia.
- Pero oigan ustedes,
sobre todo si de consumo se trata, para
eso estamos los europeos, para darles gusto al morro y al cuerpo. Y de paso nos
sacan de la crisis, que ya nos empiezan a molestar las cifras del paro – le
sugiero al “morico” del curro-.
- Ya veremos si no nos da
por el fundamentalismo y sacamos las hordas a recuperar lo nuestro, que su
capitalismo huele a salchicha rancia –me contesta sarcástico-
- Ni con esas. (Ya
estamos jorobando la recuperación).
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