miércoles, 22 de septiembre de 2010

El arte moderno

A veces se tiene la impresión de que para visitar una exposición de arte moderno es conveniente ir equipado de una teoría. Sin una teoría no siempre es fácil contemplar una obra y salir airoso del trance. Hoy, más que nunca, las teorías para el arte son tan útiles como los guardias para el tráfico; dejas que te guíen y todo parece más sencillo. Con la ayuda de una teoría nos sentimos más seguros y eludimos la incertidumbre.

Tratando de explicar la incertidumbre, Viktor Frankl afirmaba que el instinto es a los animales lo que la tradición a los humanos. La tradición atenúa nuestros instintos y nos dice aquello que “debemos” hacer, mientras que el instinto dicta a los animales las cosas que “tienen” que hacer. Pero cuando la tradición perdió su capacidad tutelar nos metimos de lleno en la era de la incertidumbre, esa condición tan propia de nuestra época. Para algunos esto es así porque habitamos sociedades que han eliminado las viejas certezas, aquel tiempo en que las mayúsculas tenían el carácter consolador que nos permitía creer en la religión, el progreso, la utopía, la historia y el futuro.
¿Y el arte? A falta de certezas, la responsabilidad sobre su sentido queda a merced de los ojos que lo contemplan. Recuerdo una graciosa historia que nos contaba don Manuel (mi maestro en las Nacionales de Barbastro) a propósito del arte de vanguardia. Tendría yo nueve años. Tal vez la conozcan. Un pintor exponía sus obras, pero había una que destacaba sobre el resto. Era de color blanco inmaculado, tanto que aquel lienzo no sabía qué cosa era un pincel; aunque lo más sorprendente de todo era el título: “Moisés cruzando el Mar Rojo”.

De entre todos los que se arremolinaron para contemplar aquel prodigio, una persona sensata —así la calificaba don Manuel— se aventuró a interrogar al autor sobre el sentido de aquel cuadro en el que nada había que ver.
El genio contestó con todo aplomo: “¡Usted no puede ver nada, señor, porque los israelitas ya han cruzado, porque las aguas del Mar Rojo ya se han separado y porque los egipcios todavía no han llegado! ¡Más preguntas!”.
Don Manuel García Morente, el llorado filósofo y gran profesor, escribió algo al respecto del arte. Recordemos algunas de sus palabras: “Antiguamente, pintores y músicos pertenecían a una escuela y vivían tranquilos dentro de los métodos que aquella escuela musical o pictórica les ofrecía. Realizaban su trabajo con modestia, trataban de ganarse la vida, pintaban cuadros decorosos y aceptables o componían piezas musicales. Unos y otros estaban sustentados en una estética clara y universalmente aceptada dentro de los recintos de su escuela. Hoy, sin embargo, cada artista quiere renovar por completo su arte y salen unas algarabías y unos bodrios espantosos. Por unos pocos que en efecto son hombres de genio y traen un elemento original a su arte, tenemos que soportar una infinidad inagotable de chapuceros”. No sé si don Manuel García Morente tenía razón en lo que dijo, pero lo dijo hace más de 60 años y conviene recordarlo.
Algunos artistas y profesores nos previenen contra el abuso de la palabra en el taller y en el aula de arte porque piensan que es difícil comunicar cosas visuales mediante el lenguaje verbal. Algo de verdad habrá en ello, pues ni los discursos que la envuelven ni la materia de que está hecha engrandecen a la estatua, ni el oro que la recubre consagra al artista que la esculpió.
Pero he aquí que ante la más humilde obra de arte, el espectador no se sentirá ajeno a ella si la obra deja de ser lo que representa para transformarse en la vivencia que despierta en quien la contempla. Pues “no solamente el pintor, también el espectador hace el cuadro”, escribió Dostoievski.
Todo esfuerzo artístico es una batalla contra el olvido. Y toda obra maestra una victoria sobre la muerte. Leonardo da Vinci murió convencido de que la Gioconda sonreiría eternamente y que todos los que en el futuro se burlaran de ella, siquiera una vez, acabarían muertos. ¿No lo cree? Espere y verá.

Antonio Coscollar Santaliestra